Mi vida es un circo
Soy odiado por todos,
y a pesar de esto, he sobrevivido. Debo admitir que disfruto enormemente la
agitación que suscita mi presencia. “¡Ese horrible animal sigue por ahí!” Todos
saben quién soy. Creo ser el único ratón con cola bífida como la lengua de una culebra.
Esto se lo debo al viejo león que casi me atrapa un día. Claro que como el
pobre está ya tan cegatón, logró tan solo desgarrar mi cola.
Yo soy feliz aquí.
Nací entre esta gente y entre ellos quiero terminar mis días. Eso sí, que sea
por muerte natural, no en la vieja trampa que me pone en distintos puntos del
circo Ciro, el Trapecista. Él se cree más vivo que yo, pero ya ven, aquí sigo…
La mañana en el circo
es deliciosa. Todos se levantan tarde, pues después de la última función, se
reúnen a comer y a beber. Bueno, casi
todos, pues la Trapecista Elvia y el Payaso Juan prefieren retozar debajo de
las cobijas en su carromato. Me muero de la risa al recordar la primera vez que
los vi en esas. Iban como en la segunda cabalgada cuando decidí intervenir en
su función. Sus gemidos y cadencias fueron remplazados por dos gritos secos
cuando fui descubierto en absorta contemplación, casi a la altura de sus
genitales. Volaron empelotos y despavoridos. Yo me quedé quieto y perplejo,
embriagado por sus olores y secreciones. Ese día me di cuenta que los hombres
son tan animales como nosotros. También Pedro el Domador de Leones aprendió que
la trapecista de sus ojos tenía los de ella puestos en los de otro desde hacía
mucho tiempo. ¡Pobre Domador! Ese, entre otras, es otro que me tiene pánico.
Bueno, como estaba
diciendo, la mañana la dedico a satisfacer mi estómago pues los platos del día
anterior no se lavan hasta después del desayuno. “Cuestión de economía.”, dice
la Malabarista Martha quién además de ser excelente haciendo piruetas y
volteretas, es la cocinera y dueña absoluta de la zona de alimentación. Yo
tanqueo en la mañana, antes de que ella arranque con sus menesteres y, la
verdad, tengo suficiente para el resto del día.
A mediodía empieza la
agitación. Don Ramón, el dueño del circo, da instrucciones con su megáfono. Él
cree que entre más grite, más bolas le van a parar. Pobre viejo gruñón, su voz
ya se volvió música de fondo para todos. Nadie le hace caso, o, mejor dicho, ya
todos saben lo que deben hacer e ignoran su retahíla diaria. Es de los pocos
que es indiferente ante mi presencia. “Ese maldito ratón tiene más vidas que un
gato. Yo creo que el día que lo atrapemos se acaba este circo”.
Me encanta presenciar
y disfrutar del baño de los animales. Los micos no se quedan quietos y el
Payaso Rogelio debe tener toda la paciencia con ellos. Menos mal los tiene que
bañar solamente dos veces por semana. El bonachón del elefante es el que más
goza. Le encanta que le estrujen su viejo cuero y baja y sube su trompa con
satisfacción. El pobre león ni se da por enterado. Deja que le llueva el agua
casi sin moverse.
La Vieja Antonia,
esposa de Don Ramón, está siempre sentada al lado de su carromato bien provista
de hilo, lentejuelas, canutillos y toda clase de plumas y accesorios. Ante
ella, hace cola todo aquel que durante la función del día anterior haya tenido algún
percance con su vestuario. Ella tiene la paciencia de Penélope y, entre zurcida
y zurcida, recibe a quien la necesite, con una frase amable y cariñosa. Es la
mamá de todos. Yo trato siempre de estar alerta y cerca de ella. Si cae alguno
de esos brillantes tesoros al piso, vuelo, lo tomo en mi boca y lo llevo a mi
pequeña guarida en donde tengo un rincón que haría las delicias de Alí Babá.
A la hora del
almuerzo, se repasa el orden de los números y actuaciones de cada uno. Si
alguien está enfermo, se le consigue reemplazo. Me acuerdo la vez que a Juancho
el Payaso le tocó meterse en la bala del Cañón Humano pues “Coñón”, como le
dicen a Eutimio el Hombre Bala por promiscuo, lo agarró una infección en el
miembro por meterse donde no le tocaba. La carcajada del público ese día fue
apoteósica pues, el pobre Juancho, salió textualmente cagado del susto cuando
lo dispararon por los aires.
A las tres de la
tarde la tropa del circo se divide en varios frentes. Aseo, cocina, jaulas, animales,
ajuste de trapecios, etc. Yo revoloteo por todas partes, especialmente
alrededor de Diego el de los Dulces, que es el mecánico oficial. Me encanta su
caja de herramientas, las tuercas y los tornillos.
Cuando empieza el
olor a crispetas y el motor de la máquina de algodón de azúcar a funcionar,
inician su labor de maquillaje y emperifolle las malabaristas, las bastoneras y
los payasos. Siempre les toman del pelo a esas mujeres tan vanidosas. Pensar
que ellos se tienen que pintar más, pero se demoran menos…
“Hoy parece que hay
más gentecita…” le dice Doña Antonia desde la taquilla al Enano Demetrio quién
cada cinco minutos va y viene dándole el reporte económico a Don Ramón.
Poco a poco las
acomodadoras comienzan a ubicar al público. Por estrategia, como dice Doña
Antonia, la boletería no es numerada sino por orden de llegada. Las niñas ya
son expertas en repartir a la gente para que la carpa no se vea muy desocupada.
Yo debo admitir que
soy muy respetuoso con el público. No me les acerco. Sé que mi presencia no
sería buena para la reputación del circo. Por esto, al oír la voz ronca de Don
Ramón que dice maquinalmente por su desentonado megáfono “¡Bienvenidos al
maravilloso mundo del circo!”, me apresto a hacer mi merecidísima siesta
durante toda la función...
Ilustración: Mariana Meza Montoya
